Oscuridad
El sonido estridente de un chirrido metálico inundó la habitación, el pequeño reloj de madera de roble empezó a vibrar intensamente -Ya es medianoche…- Pensó Emma Havell, mientras miraba al techo pensativa.
Estaba terriblemente cansada, levantó una mano y la colocó en su pómulo derecho, justo debajo del ojo, mientras suavemente la movía de un lado a otro, intentando imaginarse la profundidad de las ojeras que un día tras otro habían ido aumentando considerablemente. Aun así el esfuerzo no había sido en vano, ya se podía imaginar la expresión del viejo profesor de lengua, siempre había admirado a aquel curioso hombre, a pesar de ser un viejo decrepito mal vestido jamás se había topado con un profesor similar que supiera comprender las interminables divagaciones de una mente adolescente;
Se dirigió hacia la mesa colocada al lado de la estantería de madera.
Su padre era el dueño de una fábrica de muebles, aunque los muebles que se fabricaban allí eran de materiales prefabricados. Su pasión siempre habían sido los de madera natural, obsesionado con el roble.
La bombilla del flexo empezó a parpadear y repentinamente se apagó. Tuvo que andar a oscuras y palpar a tientas por aquel liso tablón, hasta encontrar una hoja aparentemente escrita, con sumo cuidado cuando la cogió y la introdujo en una carpeta azul celeste.
Con paso decidido y bostezado se dirigió hacía la puerta, no quería demorarse más. La oscuridad de una habitación le producía extrañas sensaciones se sentía aprisionada entre esas cuatro paredes.
Apartó un mechón negro de su cabello y abandonó la habitación. Al entrar en contacto con el frío suelo, sus pies descalzos se estremecieron, por eso ignoró las distracciones y subió lentamente cada peldaño de la escalera; necesitaba pensar antes de meterse en la cama. Al llegar a su habitación depositó la carpeta encima de la mesita y se dejo caer. A la mayoría de gente le gustaba soñar, era una forma de descansar, a la mayoría de gente… Emma jamás se encontraba entre la mayoría de gente. Se levantó ansiosa y fue hacia el balcón, de noche ese sitio le producía terror, pero esta era una ocasión especial. A su lado había un gran armario cuyos cajones estaban a rebosar de ropa y encima perfectamente plegada una mana color verde pardo. Su madre creía en la perfección, tanto que algunas veces la obligaba a ser perfecta o a parecerlo al menos; eso la sacaba de quicio.
-Solo tres años más… Con letras de neón esa frase resplandecía en su cabeza. Respiró profundamente y abrió la puerta.
Aspiró el embriagador perfume de la noche y sintió como su corazón se alegró de estar allí si que nadie la viera o la reprendiera, aún a sabiendas de que esa libertad era efímera, se alegró de estar sola. Alzó su cabeza hacia el gran manto de estrellas y esbozó una sonrisa que fugazmente desapareció cuando una gran agrupación de nubarrones negros, se cernieron sobre los indefensos astros. Sentía que no podía seguir allí, millones de ojos inyectados en sangre la observaba, esperando el momento adecuado para atacar y llevar a cabo su terrible misión.
Volvió sobre sus pasos y regresó hacía la puerta del balcón, se giró al oír un ruido extraño y vio a un gato negro posado sobre uno de los pilares de hierro de la verja; sus ojos se encontraron y ella no pudo evitar quedarse pasmada ante la magnificencia de aquel animal, una sensación de incomodidad la atosigaba. Volvió a entrar en la habitación, aun no podía conciliar el sueño, a sus espaldas el gato esbozó una aterradora sonrisa y desapareció en las tinieblas de la noche. Se metió en la cama y escogió uno de sus libros de cabecera, mientras intentaba sumergirse en un mundo que no era el suyo.
Un profundo sopor se adueñaba de su subconsciente y finalmente se enterró entre las sábanas, últimamente lo único que recordaba de sus sueños era un nombre… bastante extraño y aparentemente extranjero, una persecución, un robo y una mujer llorando aunque nunca alcanzaba a ver el sueño con total precisión no le había dado mucha importancia.
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