Aurora
Tímidos rayos de sol empezaron a bañar aquella oscura habitación, todo estaba tranquilo, un profundo silencio reinaba en la estancia, enterrada entre las sabanas aun yacía Emma Havell sumida en un profundo sueño.
Por el pasillo empezó a escucharse cada vez mas cerca el crujir de la madera y el repiqueteo de los clavos.
-Tacones-Pensó Emma, se apresuró en cubrirse más con la sabana, junto con la vaga esperanza de que no advirtieran su presencia.
-¡Emma Havell!—Entonces lo supo enseguida, solo una persona nombraba su apellido en una frase— ¿Pero que demonios haces? ¡No ves que a este paso vas a llegar tarde al instituto!—Amaya no era de la familia, pero le encantaba poner las narices donde nunca le incumbía, era con diferencia una de las personas adultas mas desagradables que había tenido la desgracia de conocer, su talante era horroroso y su “exceso de carácter” era la forma de decir que era una bruja sacada de los cuentos para asustar a los niños, pero los adultos necesitaban quedar bien ante quien sea, en un pueblo pequeño todo el mundo se conoce y siempre había distancias que salvar, la reputación era algo realmente importante.
En lo que a eso se refería Amaya tenia el monopolio, pues su oficio la había llevado a codearse con todos los progenitores de casi todos los niños del pueblo y a formar parte de diferentes círculos de madres al cabo de los años.
Aquella mujer abrió la bruscamente las cortinas, un fogonazo de luz cegador inundó la habitación. El pequeño armario se tambaleó ,un muñeco se escurrió de un cajón cayendo al suelo. Amaya lo estampó en la cara de la muchacha cuando esta tenia la intención de levantarse, Emma observó a aquella señora con displicencia, su rojizo cabello estaba recogido en dos topos uno a cada lado de la cabeza que le otorgaban una cierta semejanza a una criatura de las tinieblas, sus ropajes siempre eran de lo mas “in” del mercado, toda perfectamente combinada de rosa, que contrastaba con su tez blanquecina.
Cerró los ojos un momento y miro a aquella mujer inexpresivamente a sabiendas de que era inútil iniciar una discusión con ella y que efectivamente siempre saldría perjudicada.
Una de las cosas que había aprendido a lo largo de los años era que las discusiones con algunos adultos no solucionaban nada, aunque sus argumentos mancaran de razón negársela era algo peligroso, y sobretodo en el caso de Amaya.
Había conocido a muchos adolescentes con su misma suerte a lo largo de los años, algunos eran bastante astutos y al conocer su carácter aprendían cuando debían hablar.
Sin embargo siempre había bocazas que hablaban en el momento menos apropiado, esas personas siempre se llevaban lo peor de su carácter.
Bajo la cabeza y de su boca emergió una hilera de perezosas palabras de disculpa, se calzo las alpargatas de gato que yacían justo al lado de la cama.
-¡Bien!- Clamó triunfante—Ahora vístete y te llevaré yo al instituto, ¡Que remedio! ¡Que desastre de niña!—Después de decir eso se fue murmurando una retahíla de palabras despectivas hasta desaparecer detrás de la puerta entonces sus reproches se ahogaron en la profundidad del pasillo.
En el piso de abajo podía oírse el murmullo incesante de las vecinas charlando animadamente. Una vez vestida descendió poco a poco cada uno de los peldaños de la escalera.
-Después de todo a nadie le gusta ir al instituto- Se cubrió la boca, sorprendida de su propio comentario esbozó una tímida sonrisa y lo atribuyo al cansancio acumulado.
No tardó mucho en llegar abajo y recibir los reproches correspondientes.
Era uno de esos días en los que el sol parece enfadarse con la tierra intentando moldearla a su semejanza, la cantidad de coches que había en carretera era increíble. Sentada en el asiento del copiloto Emma dirigía su mirada vacía hacia el horizonte ,a primera vista parecía triste, pero no sentía nada fuera de lo común, siempre se había preguntado porque estaba allí, tampoco se sentía parte de ese lugar, sentía que no encajaba en ningún sitio y cada día estaba mas convencida de que no podía seguir así.
Como consecuencia de su tardanza tubo que soportar el viaje en el cacharro de Amaya que hasta en los días mas calurosos emitía humedad y sus interminables discusiones con los nervios a flor de piel.
El viaje fue corto y pesado, la humedad la aplastaba y le lastimaba los huesos.
El vehiculo se estacionó justo delante de la grisácea cerca que separaba el edificio del resto de la civilización, ésta estaba llena de perforaciones causadas por la mayoría de jóvenes cuyo odio a la sociedad era tan profundo que siempre acababan por pagarlo con las instalaciones de aquel instituto del barrio marginal de San Antonio.
Tardó unos segundos en mentalizarse de la dura jornada que le esperaba, cuando en la ventana sonaron unos golpecitos que la sacaron de su meditación, volteó la cabeza y vio que allí como todas las mañanas Leo la estaba esperando, su pelo negro podía verse con suficiente claridad desde el interior del sucio coche, en sus ojos también negros podía apreciarse ese atisbo de picardía que tanto le caracterizaba.
Sonrió, nada había cambiado.
Abrió la puerta del coche sintiendo el tacto de la manilla y bajó con cuidado de no tropezar con las latas, colillas y otros residuos que yacían en el suelo, lo más funesto era que nadie hacia nada por evitar aquel desolador panorama.
Permaneció contemplando la construcción unos segundos con la esperanza de que a las futuras generaciones no se les condenara a estudiar en ese ambiente, el grito de una muchacha la hizo despertar de su sueño observó a la joven que había voceado antes y con indignación advirtió que ese chillido era por una uña postiza rota, sonrió con tristeza, eran increíbles… jamás había conseguido entender su comportamiento.
Sus pasos eran cortos, no le apetecía nada entrar en esa cárcel gris, herida en lo mas profund, muchas veces había estado a punto de desmoronarse, no obstante su orgullo se lo impedía; esa altivez era lo único que la había mantenido cuerda durante tanto tiempo. Las lágrimas eran para los débiles, no solucionaban nada.
Se despidió de Amaya con un seco adiós y fue a reunirse junto a Leo.
-Hola- Consiguió vocalizar entre un bostezo
-Vaya, Vaya- Enunció Leo examinándola de arriba a abajo- Veo que alguien se ha levantado tarde hoy- Esbozó una amplia sonrisa obserbando con curiosidad los pies de Emma. Esta imitó la misma acción y observó perpleja las alpargatas en forma de gato que aún calzaba.
Ambos se miraron y con un resignado suspiro Leo extrajo de su mochila unas zapatillas y se las ofreció.
-Lo siento Leo, siempre te tomas muchas molestias por mi culpa-Sonrió agradecida y se calzó las calzó mientras le entregaba las alpargatas. Ambos rieron.
-No te preocupes mujer, sabes que no es molestia- Comentó sonriente mientras guardaba las sandalias en su mochila.-Pero pensé que hoy te pondrías las de cocodrilo- Añadió sonriente, se detuvo y observando con curiosidad la cara magullada de la muchacha.
-No me lo digas…-Contuvo la respiración un instante y luego soltó en un hilo de voz- ¿Ha sido Amaya verdad?
Emma emitió una sorda carcajada y se volvió hacia Leo, su semblante se tornó inexpresivo.
-¿Y quien si no?
-Tranquila- Le dedico una sonrisa de complicidad ,posando una de sus manos sobre el hombro de la muchacha- Esto no será así siempre…
Al igual que ella Leo también había soportado a esa mujer durante mucho tiempo. Los dos muchachos se conocieron en el apartamento de Amaya dos años atrás y desde entonces hacían lo posible para ayudarse mutuamente.
Un ruido ensordecedor sacudió el instituto.
-Bueno, ¿Nos vamos?-propuso Leo
-Si no hay mas remedio…
Empezaron a caminar en silencio dirigiéndose poco a poco hacia la entrada principal del recinto, uniéndose a la multitud de estudiantes que subían las escaleras cual rebaño de ovejas.
Una mano tiró de Leo, Emma siguió caminando hasta percatarse de que su compañero no la seguía, se volteó y observo la causa del retraso del joven.
En medio del declive una muchacha se aferraba a Leo con ansia e intentaba arrastrarlo por la fuerza hacia el exterior. Por un momento quiso liberar a su amigo pero se dio cuenta de que su presencia solo empeoraría la situación, así que recostó sus doloridos hombros sobre una de las paredes y permaneció expectante observando la escena.
Leo intentaba huir sin éxito mientras la muchacha que pese a su físico lo sujetaba con muchísima fuerza.
-¡Suéltame!- Le gritaba a la joven
Ella hizo caso omiso de su comentario y empezó a intentar besar su cuello, Leo la asió con fuerza de su larga cabellera rubia y la alejó.
La joven lo miró con una sonrisa picara después empezó a restregar su cuerpecito con el de Leo (pues no debía medir mas de metro y medio y su cuerpo parecía un palillo).
-Vamos Leo- Le dijo con una sonrisa picara- No me digas que no tienes ganas de probar esto- Se restregó con una mano todo su cuerpo con clara intención de tentarlo, pero como era de esperarse no funcionó, Leo la observó con una mezcla de asco e indignación.
-Me das pena Lidia- Le dijo con desdén dandole la espalda empezó a caminar como una señal silenciosa, Emma se le unió a paso remolcando la mochila por el suelo.
-¿Estas bien?- Le dijo con gesto preocupado posando una mano sobre su hombro, Leo no respondió simplemente siguió caminando.
-No te preocupes- Paró y le dedicó la más amplia de las sonrisas- Estoy bien, sabes que hace falta mucho más que eso para derrumbarme.
Esas eran sus palabras y tenía mejor aspecto, no obstante Emma sabía que ese encuentro le había costado el buen humor de la mañana.
Continuaron caminando hasta llegar a la escalera que ascendía hacia el piso de arriba.
-Bueno, yo voy hacia arriba- Situó un pie en el primer peldaño con cuidado de no tropezar con nada subió el segundo se volteó enfadada- ¡Leo! ¡Quieres hacer el favor de cambiar esa cara de amargado! ¡Esa tonta no se merece que te preocupes por ella!
La la observó desconcertado.
-Gracias- Susurro casi inaudiblemente- Gracias, la verdad…-Rompió a reír- La verdad es que se te da bastante bien esto de dar ánimos- Ambos se sonrieron- Animo a ti también.
Emma sonrió, las pocas veces que sonreía solo era por su culpa.
El segundo timbre para rezagados rasgó el aire.
-Debemos irnos, llegar tarde no está bien visto-Leo sonrió y se escabulló escaleras abajo- ¡Nos vemos en el descanso!
-Si, tienes razón- La sola idea de tener que encontrarse con sus compañeros deshacía todo el buen humor que Leo había conseguido despertar en ella, por suerte aún quedaban las charlas medianamente civilizadas con el profesor, sonrió recordando el fuerte perfume a anís que emanaba su chaqueta. Tenía un mal presentimiento, un nudo oprimía su estomago y una sensación amarga llenaba su boca, el aire empezó a impregnarse de una fragancia a manzana podrida.
Se colgó la mochila en un hombro y empezó a subir las escaleras viendo pasar la gente a su lado, haciendo su vida, porque se sentían parte de ella, sin embargo Emma jamás tubo esa sensación; en menos de un minuto ya no quedaba gente en el corredor así que reanudo una lenta carrera hacia el último modulo del pasillo.
Empujó las pesadas cancelas de metal y se dirigió hacia la última puerta, recostada en la salida de emergencia se encontraba Merche, era evidente que algo sucedía, sus manos temblaban mientras intentaba liar un cigarrillo.
-Buenos días…- Dijo temerosa
Sin prestar atención la muchacha continuó sumergida en su trabajo mientras el mal presentimiento de crecía apoderándose de toda su mente, el olor a manzana pasada iba aumentando cada vez más.
Nadie se percato de su entrada, casi era como un fantasma, los demás alumnos se habían agrupado ya en las mesas al fondo del aula dejando casi desiertas las primeras filas, siempre pasaba lo mismo, ocupó el sitio junto a la ventana, estaba claro que esa aula era el foco del hedor, tuvo que inclinarse para respirar un poco de aire fresco, el típico murmullo incesante reinaba en el aula, empezó a extraer los libros de lengua para cuando llegara el profesor.
No se había percatado antes de su presencia, un extraño personaje ocupaba el sillón de su tutor, de allí provenía el extraño olor a manzana pasada.
Era curioso que nadie se hubiera alarmado, desde el sillón miraba fijamente a Emma como si pretendiera analizarla, sus ojos parecían piedras opacas, apenas podía distinguirse la pupila, lucía una impecable sonrisa y se ataviaba con un traje muy elegante que claramente sobrepasaba las posibilidades de un profesor de secundaria.
La muchacha quedó cautivada por la belleza de esos ojos, no le dio tiempo a parpadear cuando aquel personaje se alzó y posándose cuidadosamente delante de ella ,susurró -Hola Anabeth…-Esbozó una terrorífica sonrisa, dejando ver sus afilados caninos por los que resbalaban gotas de espuma. -Ha pasado mucho tiempo…
El hedor empezó a hacerse más fuerte a medida que se acercaba hasta el punto de marearla.
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