Encogida sobre si misma cayó al suelo entre sollozos, desconsolada podía oír como su corazón explotaba rompiéndose en mil pedazos, no se atrevió a alzar la vista, intento gritar pero solo pudo toser secamente, con los ojos cerrados abrazó el cuaderno buscando consuelo, tendida sobre aquella tierra yerna cayo en un profundo sopor, escapando a la tranquilidad de los sueños.
Las nubes empezaban a prevalecer sobre aquel paisaje soleado, pequeñas gotas de lluvia descendían impactando en el suelo, poco a poco abrió los ojos, intentó desviar su atención centrándose en un charco de agua próximo, en su reflejo observó el penoso aspecto que presentaba, tenía los ojos hinchados y aquella larga melena azabache enmarañada, enjuagó sus lágrimas intentando arreglarse la melena, por el rabillo del ojo vislumbró un felino.
El miedo se apoderó de su mente, era en parte reconfortante pues había dejado a un lado el temor, aquella sensación de peligro hizo que sus fuerzas la abandonaran, la necesidad de empezar a correr se volvió irremediable.
Probablemente solo fuera uno de los miles de gatos que rondaban el aparcamiento, a medida que se acercaba el felino tomaba una forma aterradoramente familiar.
Sintió el frío acero atravesando su estomago, un gélido aliento en su oreja y el rostro cadavérico del señor Vico sonriendo de una forma impropia en el, mientras sujetaba la espada atravesando de un lado a otro su estomago, un poco mas lejos Simon observaba la escena satisfecho, se acercó dando zancadas.
-Vaya, vaya parece que la inalcanzable Anabeth ha sido cazada- Susurró en su oído, una sonrisa surcó su rostro- Ahora dime… ¿Dónde esta?
No podía alejar sus ojos de aquellas grandes piedras opacas que llenaban los globos oculares del anciano.
-¿Qué?- Susurró con dificultad, un charco de sangre empezó a brotar de su boca, millones de imágenes surcaron su memoria, la mayoría de ellas absurdas pues recordaba una casa medieval francesa con todo detalle, la fachada llena de flores y unas baldosas con un nombre retratado que no alcanzaba a recordar.
Las imágenes se tornaron negras, inconsciente la joven se desplomó cayendo al frío suelo ahora encharcado de sangre oyendo por ultima vez la maldición de Simon.
miércoles, 18 de agosto de 2010
lunes, 9 de agosto de 2010
Capítulo 2
Frustración
No podía pensar con semejante mareo ¿Anabeth? Porque esa persona la había nombrado de aquella forma, ¿Por qué el nombre le resultaba tan aterradoramente familiar? ¿Era ella la única que se daba cuenta de lo sospechoso de esta situación?...
Todas esas preguntas vagaban dentro de su cabeza, sentía que corría peligro, aquel ser esbozó una sonrisa aterradora mostrando una hilera de perfectos dientes, el timbre de los ciclos superiores sonó estrepitosamente, habían perdido media hora.
-Debería empezar la clase- El semblante del profesor se relajo y se volvió “normal” en su cierta medida.
Emma asintió extrañada del cambio.
Con cierta parsimonia saltó sobre el atril y acalló aquel asfixiante murmullo.
-Es un placer estar aquí-Sonrió amablemente- Soy el profesor suplente, también me podéis llamar Simon- Era evidente que esas amables palabras tenían un doble sentido que nadie acababa de entender, una punzada de dolor sacudió el corazón de la muchacha una mezcla de culpabilidad y preocupación la embargaron por un instante.
-Bueno, tengo entendido que hoy vuestro profesor os había mandado unos trabajos, entonces vamos a ver lo que habéis escrito- No hizo nada mas, se sentó en el sillón y la señaló- Lea usted- Mecánicamente extrajo la hoja que yacía doblada en aquella carpeta echa jirones mientras sus compañeros la miraban con una mezcla de curiosidad y desprecio.
-Esta es mi redacción-Sus palabras eran secas y decaídas- Odio abrir una revista y no ver más que cuerpos de cine, consejos sobre cosas inútiles, regalos inservibles, palabras vacías de un montón de maníacos esperando ganar dinero con las inseguridades creadas por ellos mismos.-Hizo una pausa para añadir mas indignación- Atacan a las personas de corazón frágil y autoestima cero, no les importa si luego la mayoría de lectoras mueren por sobredosis de estupidez ,al leer esas revistas y ver como sus estrellas llevan esos cuerpos diez -Observó las caras de sus compañeras mirándola con odio, probablemente sintiéndose aludidas-
La realidad es un asco, y la sociedad va de capa caída ¿Quien decide lo que es perfecto? ¿Lo adecuado? Sinceramente no lo entiendo...
¿Es que no les da vergüenza ser causantes de tanto dolor y muerte?
No...
Claro que no, el dinero es más importante que la vida de más de mil jóvenes sin personalidad alguna...
Ir a cualquier sitio y ver a esas muñequitas que solo tienen celebro para hablar de un solo tema es una vergüenza.
"La moda, piedra angular de mi vida"
¿Como puede haber tanta estupidez? No lo entiendo y creo que jamás lo llegaré a entender… -Concluyó con un resignado suspiro preparada para las criticas de ese montón de necios que poblaban cual colonia de abejas las mesas del fondo, alrededor reinaba el silencio, la tempestad se acercaba.
Empezaron a escucharse unas risitas al fondo, ahogadas por carcajadas aún más grandes, acostumbrada a la situación bajó la mirada mientras guardaba la redacción en la carpeta, en la tercera fila Mabel y sus secuaces la asesinaban con la mirada, jamás se habían llevado bien y por alguna razón tenia el presentimiento de que nunca lo harían.
-Es una redacción preciosa-Desde la mesa aquel ser yacía con los brazos cruzados sin despegar sus ojos de los de Emma. La clase finalizó intentando acallar aquel murmullo, cual rayo todos los alumnos corrieron con el sonido del timbre.
Salió corriendo lo más rápido que sus piernas poco entrenadas le permitían, pasó las demás clases meditando sobre el tema en cuestión, el mismo sueño una y otra vez, esa persona tan aterradoramente familiar, aquel nombre… estaba claro que a pesar de su incapacidad para interpretar sueños, eso no parecía ser normal.
La temible luz del sol castigaba a todo aquel que se atrevía a situarse a su merced, escondidos en las sombras la gente inteligente intentaban evitar problemas mientras millones de filisteos pululaban cual mosca detrás de un pastel buscándolos.
Separada de todo ese ambiente, aislada completamente, Emma vagaba por el recito, su cuerpo buscaba a Leo mientras que su cabeza intentaba asimilar todas las emociones que llevaba consigo.
-¡Hey!-La sostuvieron por detrás empujándola contra una pared.
Sus ojos se encontraron, los enormes ojos negros de Mabel la cegaron, irritada intento liberarse de la prisión que se había formado a su alrededor.
-Lo has hecho bastante bien en clase…-Aquellos ojos de víbora la recorrieron analizándola detenidamente- Dame un euro- La ira se apoderó de la muchacha por un segundo, empujo a Mabel consiguiendo deshacerse de ella.
-¡Si no te gastaras tu dinero en cigarrillos y drogas podrías comprar un almuerzo normal!-Intercambiaron una mirada de asco.
-¡Mira que eres borde!- Ese reproche llegó hasta el fondo del corazón de Emma que ya estaba apunto de marcharse
-Te equivocas -Susurró- solo intento hacerte ver el daño que te haces a ti misma - Con una sonrisa sádica se retiró de la discusión.
Por un instante le pareció perder vista, observaba sombras a su alrededor cubiertas con finas capas cada una de ellas de diferente color.
Se frotó los ojos y desaparecieron.
El ruidoso tono del móvil sonó amortiguado por el peso de los trastos que cargaba, cerca de allí formando un círculo restringido los profesores con ojos de águila cubrían la enorme extensión. Refugiada detrás de una de las macetas de piedra rebuscó en su mochila, cada vez en un tono más alto Green Day invadía el ambiente.
Se acercó sigilosamente el teléfono.
-¿Hola?
Las interferencias se hacían más que notables en aquella conversación, una voz familiar se hizo notar.
-Ven, ven…- Cada vez la voz se volvía mas cercana, como si susurraran en su oído, un escalofrío recorrió su columna.
-¿Quién es?
Algo en esa voz la hizo empezar a temblar, normalmente habría finalizado la llamada a la primera de cambio, pero esa voz era tan familiar…
-Coche.
El teléfono se escurrió de sus sudorosas manos. Ataviado con su increíble traje Simon se adentró en el aparcamiento privado para profesores.
Embargada por la curiosidad decidió seguirle, por alguna razón sentía que no estaba sola, aquella extensión de cemento solo daba cabida para cinco coches, los cinco directivos del consejo estudiantil.
En una de las esquinas descansaba el Chrysler 150 del señor Vico, su admirado profesor de lengua, perdiéndose en aquel capó blanco nácar, ignoró al suplente por unos segundos, cuando se dio cuenta estaba delante del coche, lentamente abrió la puerta.
Un putrefacto olor entró por su nariz, en un instante sus pulmones se encogieron dejándola sin aliento, no pudo reprimir las arcadas, un sentimiento de preocupación junto con una inexplicable culpabilidad abrasaron su corazón.
El interior del vehiculo completamente oscuro, iluminado por el reflejo del retrovisor, sobre el asiento del conductor yacía un cuerpo medio descompuesto, encima del asiento contiguo se hallaba una libreta naranja, temblando Emma la sacó, pronto sus ojos se volvieron un paño de lagrimas, en una etiqueta sobre la tapa había un nombre… Vico.
No podía pensar con semejante mareo ¿Anabeth? Porque esa persona la había nombrado de aquella forma, ¿Por qué el nombre le resultaba tan aterradoramente familiar? ¿Era ella la única que se daba cuenta de lo sospechoso de esta situación?...
Todas esas preguntas vagaban dentro de su cabeza, sentía que corría peligro, aquel ser esbozó una sonrisa aterradora mostrando una hilera de perfectos dientes, el timbre de los ciclos superiores sonó estrepitosamente, habían perdido media hora.
-Debería empezar la clase- El semblante del profesor se relajo y se volvió “normal” en su cierta medida.
Emma asintió extrañada del cambio.
Con cierta parsimonia saltó sobre el atril y acalló aquel asfixiante murmullo.
-Es un placer estar aquí-Sonrió amablemente- Soy el profesor suplente, también me podéis llamar Simon- Era evidente que esas amables palabras tenían un doble sentido que nadie acababa de entender, una punzada de dolor sacudió el corazón de la muchacha una mezcla de culpabilidad y preocupación la embargaron por un instante.
-Bueno, tengo entendido que hoy vuestro profesor os había mandado unos trabajos, entonces vamos a ver lo que habéis escrito- No hizo nada mas, se sentó en el sillón y la señaló- Lea usted- Mecánicamente extrajo la hoja que yacía doblada en aquella carpeta echa jirones mientras sus compañeros la miraban con una mezcla de curiosidad y desprecio.
-Esta es mi redacción-Sus palabras eran secas y decaídas- Odio abrir una revista y no ver más que cuerpos de cine, consejos sobre cosas inútiles, regalos inservibles, palabras vacías de un montón de maníacos esperando ganar dinero con las inseguridades creadas por ellos mismos.-Hizo una pausa para añadir mas indignación- Atacan a las personas de corazón frágil y autoestima cero, no les importa si luego la mayoría de lectoras mueren por sobredosis de estupidez ,al leer esas revistas y ver como sus estrellas llevan esos cuerpos diez -Observó las caras de sus compañeras mirándola con odio, probablemente sintiéndose aludidas-
La realidad es un asco, y la sociedad va de capa caída ¿Quien decide lo que es perfecto? ¿Lo adecuado? Sinceramente no lo entiendo...
¿Es que no les da vergüenza ser causantes de tanto dolor y muerte?
No...
Claro que no, el dinero es más importante que la vida de más de mil jóvenes sin personalidad alguna...
Ir a cualquier sitio y ver a esas muñequitas que solo tienen celebro para hablar de un solo tema es una vergüenza.
"La moda, piedra angular de mi vida"
¿Como puede haber tanta estupidez? No lo entiendo y creo que jamás lo llegaré a entender… -Concluyó con un resignado suspiro preparada para las criticas de ese montón de necios que poblaban cual colonia de abejas las mesas del fondo, alrededor reinaba el silencio, la tempestad se acercaba.
Empezaron a escucharse unas risitas al fondo, ahogadas por carcajadas aún más grandes, acostumbrada a la situación bajó la mirada mientras guardaba la redacción en la carpeta, en la tercera fila Mabel y sus secuaces la asesinaban con la mirada, jamás se habían llevado bien y por alguna razón tenia el presentimiento de que nunca lo harían.
-Es una redacción preciosa-Desde la mesa aquel ser yacía con los brazos cruzados sin despegar sus ojos de los de Emma. La clase finalizó intentando acallar aquel murmullo, cual rayo todos los alumnos corrieron con el sonido del timbre.
Salió corriendo lo más rápido que sus piernas poco entrenadas le permitían, pasó las demás clases meditando sobre el tema en cuestión, el mismo sueño una y otra vez, esa persona tan aterradoramente familiar, aquel nombre… estaba claro que a pesar de su incapacidad para interpretar sueños, eso no parecía ser normal.
La temible luz del sol castigaba a todo aquel que se atrevía a situarse a su merced, escondidos en las sombras la gente inteligente intentaban evitar problemas mientras millones de filisteos pululaban cual mosca detrás de un pastel buscándolos.
Separada de todo ese ambiente, aislada completamente, Emma vagaba por el recito, su cuerpo buscaba a Leo mientras que su cabeza intentaba asimilar todas las emociones que llevaba consigo.
-¡Hey!-La sostuvieron por detrás empujándola contra una pared.
Sus ojos se encontraron, los enormes ojos negros de Mabel la cegaron, irritada intento liberarse de la prisión que se había formado a su alrededor.
-Lo has hecho bastante bien en clase…-Aquellos ojos de víbora la recorrieron analizándola detenidamente- Dame un euro- La ira se apoderó de la muchacha por un segundo, empujo a Mabel consiguiendo deshacerse de ella.
-¡Si no te gastaras tu dinero en cigarrillos y drogas podrías comprar un almuerzo normal!-Intercambiaron una mirada de asco.
-¡Mira que eres borde!- Ese reproche llegó hasta el fondo del corazón de Emma que ya estaba apunto de marcharse
-Te equivocas -Susurró- solo intento hacerte ver el daño que te haces a ti misma - Con una sonrisa sádica se retiró de la discusión.
Por un instante le pareció perder vista, observaba sombras a su alrededor cubiertas con finas capas cada una de ellas de diferente color.
Se frotó los ojos y desaparecieron.
El ruidoso tono del móvil sonó amortiguado por el peso de los trastos que cargaba, cerca de allí formando un círculo restringido los profesores con ojos de águila cubrían la enorme extensión. Refugiada detrás de una de las macetas de piedra rebuscó en su mochila, cada vez en un tono más alto Green Day invadía el ambiente.
Se acercó sigilosamente el teléfono.
-¿Hola?
Las interferencias se hacían más que notables en aquella conversación, una voz familiar se hizo notar.
-Ven, ven…- Cada vez la voz se volvía mas cercana, como si susurraran en su oído, un escalofrío recorrió su columna.
-¿Quién es?
Algo en esa voz la hizo empezar a temblar, normalmente habría finalizado la llamada a la primera de cambio, pero esa voz era tan familiar…
-Coche.
El teléfono se escurrió de sus sudorosas manos. Ataviado con su increíble traje Simon se adentró en el aparcamiento privado para profesores.
Embargada por la curiosidad decidió seguirle, por alguna razón sentía que no estaba sola, aquella extensión de cemento solo daba cabida para cinco coches, los cinco directivos del consejo estudiantil.
En una de las esquinas descansaba el Chrysler 150 del señor Vico, su admirado profesor de lengua, perdiéndose en aquel capó blanco nácar, ignoró al suplente por unos segundos, cuando se dio cuenta estaba delante del coche, lentamente abrió la puerta.
Un putrefacto olor entró por su nariz, en un instante sus pulmones se encogieron dejándola sin aliento, no pudo reprimir las arcadas, un sentimiento de preocupación junto con una inexplicable culpabilidad abrasaron su corazón.
El interior del vehiculo completamente oscuro, iluminado por el reflejo del retrovisor, sobre el asiento del conductor yacía un cuerpo medio descompuesto, encima del asiento contiguo se hallaba una libreta naranja, temblando Emma la sacó, pronto sus ojos se volvieron un paño de lagrimas, en una etiqueta sobre la tapa había un nombre… Vico.
viernes, 6 de agosto de 2010
Capítulo 1
Aurora
Tímidos rayos de sol empezaron a bañar aquella oscura habitación, todo estaba tranquilo, un profundo silencio reinaba en la estancia, enterrada entre las sabanas aun yacía Emma Havell sumida en un profundo sueño.
Por el pasillo empezó a escucharse cada vez mas cerca el crujir de la madera y el repiqueteo de los clavos.
-Tacones-Pensó Emma, se apresuró en cubrirse más con la sabana, junto con la vaga esperanza de que no advirtieran su presencia.
-¡Emma Havell!—Entonces lo supo enseguida, solo una persona nombraba su apellido en una frase— ¿Pero que demonios haces? ¡No ves que a este paso vas a llegar tarde al instituto!—Amaya no era de la familia, pero le encantaba poner las narices donde nunca le incumbía, era con diferencia una de las personas adultas mas desagradables que había tenido la desgracia de conocer, su talante era horroroso y su “exceso de carácter” era la forma de decir que era una bruja sacada de los cuentos para asustar a los niños, pero los adultos necesitaban quedar bien ante quien sea, en un pueblo pequeño todo el mundo se conoce y siempre había distancias que salvar, la reputación era algo realmente importante.
En lo que a eso se refería Amaya tenia el monopolio, pues su oficio la había llevado a codearse con todos los progenitores de casi todos los niños del pueblo y a formar parte de diferentes círculos de madres al cabo de los años.
Aquella mujer abrió la bruscamente las cortinas, un fogonazo de luz cegador inundó la habitación. El pequeño armario se tambaleó ,un muñeco se escurrió de un cajón cayendo al suelo. Amaya lo estampó en la cara de la muchacha cuando esta tenia la intención de levantarse, Emma observó a aquella señora con displicencia, su rojizo cabello estaba recogido en dos topos uno a cada lado de la cabeza que le otorgaban una cierta semejanza a una criatura de las tinieblas, sus ropajes siempre eran de lo mas “in” del mercado, toda perfectamente combinada de rosa, que contrastaba con su tez blanquecina.
Cerró los ojos un momento y miro a aquella mujer inexpresivamente a sabiendas de que era inútil iniciar una discusión con ella y que efectivamente siempre saldría perjudicada.
Una de las cosas que había aprendido a lo largo de los años era que las discusiones con algunos adultos no solucionaban nada, aunque sus argumentos mancaran de razón negársela era algo peligroso, y sobretodo en el caso de Amaya.
Había conocido a muchos adolescentes con su misma suerte a lo largo de los años, algunos eran bastante astutos y al conocer su carácter aprendían cuando debían hablar.
Sin embargo siempre había bocazas que hablaban en el momento menos apropiado, esas personas siempre se llevaban lo peor de su carácter.
Bajo la cabeza y de su boca emergió una hilera de perezosas palabras de disculpa, se calzo las alpargatas de gato que yacían justo al lado de la cama.
-¡Bien!- Clamó triunfante—Ahora vístete y te llevaré yo al instituto, ¡Que remedio! ¡Que desastre de niña!—Después de decir eso se fue murmurando una retahíla de palabras despectivas hasta desaparecer detrás de la puerta entonces sus reproches se ahogaron en la profundidad del pasillo.
En el piso de abajo podía oírse el murmullo incesante de las vecinas charlando animadamente. Una vez vestida descendió poco a poco cada uno de los peldaños de la escalera.
-Después de todo a nadie le gusta ir al instituto- Se cubrió la boca, sorprendida de su propio comentario esbozó una tímida sonrisa y lo atribuyo al cansancio acumulado.
No tardó mucho en llegar abajo y recibir los reproches correspondientes.
Era uno de esos días en los que el sol parece enfadarse con la tierra intentando moldearla a su semejanza, la cantidad de coches que había en carretera era increíble. Sentada en el asiento del copiloto Emma dirigía su mirada vacía hacia el horizonte ,a primera vista parecía triste, pero no sentía nada fuera de lo común, siempre se había preguntado porque estaba allí, tampoco se sentía parte de ese lugar, sentía que no encajaba en ningún sitio y cada día estaba mas convencida de que no podía seguir así.
Como consecuencia de su tardanza tubo que soportar el viaje en el cacharro de Amaya que hasta en los días mas calurosos emitía humedad y sus interminables discusiones con los nervios a flor de piel.
El viaje fue corto y pesado, la humedad la aplastaba y le lastimaba los huesos.
El vehiculo se estacionó justo delante de la grisácea cerca que separaba el edificio del resto de la civilización, ésta estaba llena de perforaciones causadas por la mayoría de jóvenes cuyo odio a la sociedad era tan profundo que siempre acababan por pagarlo con las instalaciones de aquel instituto del barrio marginal de San Antonio.
Tardó unos segundos en mentalizarse de la dura jornada que le esperaba, cuando en la ventana sonaron unos golpecitos que la sacaron de su meditación, volteó la cabeza y vio que allí como todas las mañanas Leo la estaba esperando, su pelo negro podía verse con suficiente claridad desde el interior del sucio coche, en sus ojos también negros podía apreciarse ese atisbo de picardía que tanto le caracterizaba.
Sonrió, nada había cambiado.
Abrió la puerta del coche sintiendo el tacto de la manilla y bajó con cuidado de no tropezar con las latas, colillas y otros residuos que yacían en el suelo, lo más funesto era que nadie hacia nada por evitar aquel desolador panorama.
Permaneció contemplando la construcción unos segundos con la esperanza de que a las futuras generaciones no se les condenara a estudiar en ese ambiente, el grito de una muchacha la hizo despertar de su sueño observó a la joven que había voceado antes y con indignación advirtió que ese chillido era por una uña postiza rota, sonrió con tristeza, eran increíbles… jamás había conseguido entender su comportamiento.
Sus pasos eran cortos, no le apetecía nada entrar en esa cárcel gris, herida en lo mas profund, muchas veces había estado a punto de desmoronarse, no obstante su orgullo se lo impedía; esa altivez era lo único que la había mantenido cuerda durante tanto tiempo. Las lágrimas eran para los débiles, no solucionaban nada.
Se despidió de Amaya con un seco adiós y fue a reunirse junto a Leo.
-Hola- Consiguió vocalizar entre un bostezo
-Vaya, Vaya- Enunció Leo examinándola de arriba a abajo- Veo que alguien se ha levantado tarde hoy- Esbozó una amplia sonrisa obserbando con curiosidad los pies de Emma. Esta imitó la misma acción y observó perpleja las alpargatas en forma de gato que aún calzaba.
Ambos se miraron y con un resignado suspiro Leo extrajo de su mochila unas zapatillas y se las ofreció.
-Lo siento Leo, siempre te tomas muchas molestias por mi culpa-Sonrió agradecida y se calzó las calzó mientras le entregaba las alpargatas. Ambos rieron.
-No te preocupes mujer, sabes que no es molestia- Comentó sonriente mientras guardaba las sandalias en su mochila.-Pero pensé que hoy te pondrías las de cocodrilo- Añadió sonriente, se detuvo y observando con curiosidad la cara magullada de la muchacha.
-No me lo digas…-Contuvo la respiración un instante y luego soltó en un hilo de voz- ¿Ha sido Amaya verdad?
Emma emitió una sorda carcajada y se volvió hacia Leo, su semblante se tornó inexpresivo.
-¿Y quien si no?
-Tranquila- Le dedico una sonrisa de complicidad ,posando una de sus manos sobre el hombro de la muchacha- Esto no será así siempre…
Al igual que ella Leo también había soportado a esa mujer durante mucho tiempo. Los dos muchachos se conocieron en el apartamento de Amaya dos años atrás y desde entonces hacían lo posible para ayudarse mutuamente.
Un ruido ensordecedor sacudió el instituto.
-Bueno, ¿Nos vamos?-propuso Leo
-Si no hay mas remedio…
Empezaron a caminar en silencio dirigiéndose poco a poco hacia la entrada principal del recinto, uniéndose a la multitud de estudiantes que subían las escaleras cual rebaño de ovejas.
Una mano tiró de Leo, Emma siguió caminando hasta percatarse de que su compañero no la seguía, se volteó y observo la causa del retraso del joven.
En medio del declive una muchacha se aferraba a Leo con ansia e intentaba arrastrarlo por la fuerza hacia el exterior. Por un momento quiso liberar a su amigo pero se dio cuenta de que su presencia solo empeoraría la situación, así que recostó sus doloridos hombros sobre una de las paredes y permaneció expectante observando la escena.
Leo intentaba huir sin éxito mientras la muchacha que pese a su físico lo sujetaba con muchísima fuerza.
-¡Suéltame!- Le gritaba a la joven
Ella hizo caso omiso de su comentario y empezó a intentar besar su cuello, Leo la asió con fuerza de su larga cabellera rubia y la alejó.
La joven lo miró con una sonrisa picara después empezó a restregar su cuerpecito con el de Leo (pues no debía medir mas de metro y medio y su cuerpo parecía un palillo).
-Vamos Leo- Le dijo con una sonrisa picara- No me digas que no tienes ganas de probar esto- Se restregó con una mano todo su cuerpo con clara intención de tentarlo, pero como era de esperarse no funcionó, Leo la observó con una mezcla de asco e indignación.
-Me das pena Lidia- Le dijo con desdén dandole la espalda empezó a caminar como una señal silenciosa, Emma se le unió a paso remolcando la mochila por el suelo.
-¿Estas bien?- Le dijo con gesto preocupado posando una mano sobre su hombro, Leo no respondió simplemente siguió caminando.
-No te preocupes- Paró y le dedicó la más amplia de las sonrisas- Estoy bien, sabes que hace falta mucho más que eso para derrumbarme.
Esas eran sus palabras y tenía mejor aspecto, no obstante Emma sabía que ese encuentro le había costado el buen humor de la mañana.
Continuaron caminando hasta llegar a la escalera que ascendía hacia el piso de arriba.
-Bueno, yo voy hacia arriba- Situó un pie en el primer peldaño con cuidado de no tropezar con nada subió el segundo se volteó enfadada- ¡Leo! ¡Quieres hacer el favor de cambiar esa cara de amargado! ¡Esa tonta no se merece que te preocupes por ella!
La la observó desconcertado.
-Gracias- Susurro casi inaudiblemente- Gracias, la verdad…-Rompió a reír- La verdad es que se te da bastante bien esto de dar ánimos- Ambos se sonrieron- Animo a ti también.
Emma sonrió, las pocas veces que sonreía solo era por su culpa.
El segundo timbre para rezagados rasgó el aire.
-Debemos irnos, llegar tarde no está bien visto-Leo sonrió y se escabulló escaleras abajo- ¡Nos vemos en el descanso!
-Si, tienes razón- La sola idea de tener que encontrarse con sus compañeros deshacía todo el buen humor que Leo había conseguido despertar en ella, por suerte aún quedaban las charlas medianamente civilizadas con el profesor, sonrió recordando el fuerte perfume a anís que emanaba su chaqueta. Tenía un mal presentimiento, un nudo oprimía su estomago y una sensación amarga llenaba su boca, el aire empezó a impregnarse de una fragancia a manzana podrida.
Se colgó la mochila en un hombro y empezó a subir las escaleras viendo pasar la gente a su lado, haciendo su vida, porque se sentían parte de ella, sin embargo Emma jamás tubo esa sensación; en menos de un minuto ya no quedaba gente en el corredor así que reanudo una lenta carrera hacia el último modulo del pasillo.
Empujó las pesadas cancelas de metal y se dirigió hacia la última puerta, recostada en la salida de emergencia se encontraba Merche, era evidente que algo sucedía, sus manos temblaban mientras intentaba liar un cigarrillo.
-Buenos días…- Dijo temerosa
Sin prestar atención la muchacha continuó sumergida en su trabajo mientras el mal presentimiento de crecía apoderándose de toda su mente, el olor a manzana pasada iba aumentando cada vez más.
Nadie se percato de su entrada, casi era como un fantasma, los demás alumnos se habían agrupado ya en las mesas al fondo del aula dejando casi desiertas las primeras filas, siempre pasaba lo mismo, ocupó el sitio junto a la ventana, estaba claro que esa aula era el foco del hedor, tuvo que inclinarse para respirar un poco de aire fresco, el típico murmullo incesante reinaba en el aula, empezó a extraer los libros de lengua para cuando llegara el profesor.
No se había percatado antes de su presencia, un extraño personaje ocupaba el sillón de su tutor, de allí provenía el extraño olor a manzana pasada.
Era curioso que nadie se hubiera alarmado, desde el sillón miraba fijamente a Emma como si pretendiera analizarla, sus ojos parecían piedras opacas, apenas podía distinguirse la pupila, lucía una impecable sonrisa y se ataviaba con un traje muy elegante que claramente sobrepasaba las posibilidades de un profesor de secundaria.
La muchacha quedó cautivada por la belleza de esos ojos, no le dio tiempo a parpadear cuando aquel personaje se alzó y posándose cuidadosamente delante de ella ,susurró -Hola Anabeth…-Esbozó una terrorífica sonrisa, dejando ver sus afilados caninos por los que resbalaban gotas de espuma. -Ha pasado mucho tiempo…
El hedor empezó a hacerse más fuerte a medida que se acercaba hasta el punto de marearla.
Tímidos rayos de sol empezaron a bañar aquella oscura habitación, todo estaba tranquilo, un profundo silencio reinaba en la estancia, enterrada entre las sabanas aun yacía Emma Havell sumida en un profundo sueño.
Por el pasillo empezó a escucharse cada vez mas cerca el crujir de la madera y el repiqueteo de los clavos.
-Tacones-Pensó Emma, se apresuró en cubrirse más con la sabana, junto con la vaga esperanza de que no advirtieran su presencia.
-¡Emma Havell!—Entonces lo supo enseguida, solo una persona nombraba su apellido en una frase— ¿Pero que demonios haces? ¡No ves que a este paso vas a llegar tarde al instituto!—Amaya no era de la familia, pero le encantaba poner las narices donde nunca le incumbía, era con diferencia una de las personas adultas mas desagradables que había tenido la desgracia de conocer, su talante era horroroso y su “exceso de carácter” era la forma de decir que era una bruja sacada de los cuentos para asustar a los niños, pero los adultos necesitaban quedar bien ante quien sea, en un pueblo pequeño todo el mundo se conoce y siempre había distancias que salvar, la reputación era algo realmente importante.
En lo que a eso se refería Amaya tenia el monopolio, pues su oficio la había llevado a codearse con todos los progenitores de casi todos los niños del pueblo y a formar parte de diferentes círculos de madres al cabo de los años.
Aquella mujer abrió la bruscamente las cortinas, un fogonazo de luz cegador inundó la habitación. El pequeño armario se tambaleó ,un muñeco se escurrió de un cajón cayendo al suelo. Amaya lo estampó en la cara de la muchacha cuando esta tenia la intención de levantarse, Emma observó a aquella señora con displicencia, su rojizo cabello estaba recogido en dos topos uno a cada lado de la cabeza que le otorgaban una cierta semejanza a una criatura de las tinieblas, sus ropajes siempre eran de lo mas “in” del mercado, toda perfectamente combinada de rosa, que contrastaba con su tez blanquecina.
Cerró los ojos un momento y miro a aquella mujer inexpresivamente a sabiendas de que era inútil iniciar una discusión con ella y que efectivamente siempre saldría perjudicada.
Una de las cosas que había aprendido a lo largo de los años era que las discusiones con algunos adultos no solucionaban nada, aunque sus argumentos mancaran de razón negársela era algo peligroso, y sobretodo en el caso de Amaya.
Había conocido a muchos adolescentes con su misma suerte a lo largo de los años, algunos eran bastante astutos y al conocer su carácter aprendían cuando debían hablar.
Sin embargo siempre había bocazas que hablaban en el momento menos apropiado, esas personas siempre se llevaban lo peor de su carácter.
Bajo la cabeza y de su boca emergió una hilera de perezosas palabras de disculpa, se calzo las alpargatas de gato que yacían justo al lado de la cama.
-¡Bien!- Clamó triunfante—Ahora vístete y te llevaré yo al instituto, ¡Que remedio! ¡Que desastre de niña!—Después de decir eso se fue murmurando una retahíla de palabras despectivas hasta desaparecer detrás de la puerta entonces sus reproches se ahogaron en la profundidad del pasillo.
En el piso de abajo podía oírse el murmullo incesante de las vecinas charlando animadamente. Una vez vestida descendió poco a poco cada uno de los peldaños de la escalera.
-Después de todo a nadie le gusta ir al instituto- Se cubrió la boca, sorprendida de su propio comentario esbozó una tímida sonrisa y lo atribuyo al cansancio acumulado.
No tardó mucho en llegar abajo y recibir los reproches correspondientes.
Era uno de esos días en los que el sol parece enfadarse con la tierra intentando moldearla a su semejanza, la cantidad de coches que había en carretera era increíble. Sentada en el asiento del copiloto Emma dirigía su mirada vacía hacia el horizonte ,a primera vista parecía triste, pero no sentía nada fuera de lo común, siempre se había preguntado porque estaba allí, tampoco se sentía parte de ese lugar, sentía que no encajaba en ningún sitio y cada día estaba mas convencida de que no podía seguir así.
Como consecuencia de su tardanza tubo que soportar el viaje en el cacharro de Amaya que hasta en los días mas calurosos emitía humedad y sus interminables discusiones con los nervios a flor de piel.
El viaje fue corto y pesado, la humedad la aplastaba y le lastimaba los huesos.
El vehiculo se estacionó justo delante de la grisácea cerca que separaba el edificio del resto de la civilización, ésta estaba llena de perforaciones causadas por la mayoría de jóvenes cuyo odio a la sociedad era tan profundo que siempre acababan por pagarlo con las instalaciones de aquel instituto del barrio marginal de San Antonio.
Tardó unos segundos en mentalizarse de la dura jornada que le esperaba, cuando en la ventana sonaron unos golpecitos que la sacaron de su meditación, volteó la cabeza y vio que allí como todas las mañanas Leo la estaba esperando, su pelo negro podía verse con suficiente claridad desde el interior del sucio coche, en sus ojos también negros podía apreciarse ese atisbo de picardía que tanto le caracterizaba.
Sonrió, nada había cambiado.
Abrió la puerta del coche sintiendo el tacto de la manilla y bajó con cuidado de no tropezar con las latas, colillas y otros residuos que yacían en el suelo, lo más funesto era que nadie hacia nada por evitar aquel desolador panorama.
Permaneció contemplando la construcción unos segundos con la esperanza de que a las futuras generaciones no se les condenara a estudiar en ese ambiente, el grito de una muchacha la hizo despertar de su sueño observó a la joven que había voceado antes y con indignación advirtió que ese chillido era por una uña postiza rota, sonrió con tristeza, eran increíbles… jamás había conseguido entender su comportamiento.
Sus pasos eran cortos, no le apetecía nada entrar en esa cárcel gris, herida en lo mas profund, muchas veces había estado a punto de desmoronarse, no obstante su orgullo se lo impedía; esa altivez era lo único que la había mantenido cuerda durante tanto tiempo. Las lágrimas eran para los débiles, no solucionaban nada.
Se despidió de Amaya con un seco adiós y fue a reunirse junto a Leo.
-Hola- Consiguió vocalizar entre un bostezo
-Vaya, Vaya- Enunció Leo examinándola de arriba a abajo- Veo que alguien se ha levantado tarde hoy- Esbozó una amplia sonrisa obserbando con curiosidad los pies de Emma. Esta imitó la misma acción y observó perpleja las alpargatas en forma de gato que aún calzaba.
Ambos se miraron y con un resignado suspiro Leo extrajo de su mochila unas zapatillas y se las ofreció.
-Lo siento Leo, siempre te tomas muchas molestias por mi culpa-Sonrió agradecida y se calzó las calzó mientras le entregaba las alpargatas. Ambos rieron.
-No te preocupes mujer, sabes que no es molestia- Comentó sonriente mientras guardaba las sandalias en su mochila.-Pero pensé que hoy te pondrías las de cocodrilo- Añadió sonriente, se detuvo y observando con curiosidad la cara magullada de la muchacha.
-No me lo digas…-Contuvo la respiración un instante y luego soltó en un hilo de voz- ¿Ha sido Amaya verdad?
Emma emitió una sorda carcajada y se volvió hacia Leo, su semblante se tornó inexpresivo.
-¿Y quien si no?
-Tranquila- Le dedico una sonrisa de complicidad ,posando una de sus manos sobre el hombro de la muchacha- Esto no será así siempre…
Al igual que ella Leo también había soportado a esa mujer durante mucho tiempo. Los dos muchachos se conocieron en el apartamento de Amaya dos años atrás y desde entonces hacían lo posible para ayudarse mutuamente.
Un ruido ensordecedor sacudió el instituto.
-Bueno, ¿Nos vamos?-propuso Leo
-Si no hay mas remedio…
Empezaron a caminar en silencio dirigiéndose poco a poco hacia la entrada principal del recinto, uniéndose a la multitud de estudiantes que subían las escaleras cual rebaño de ovejas.
Una mano tiró de Leo, Emma siguió caminando hasta percatarse de que su compañero no la seguía, se volteó y observo la causa del retraso del joven.
En medio del declive una muchacha se aferraba a Leo con ansia e intentaba arrastrarlo por la fuerza hacia el exterior. Por un momento quiso liberar a su amigo pero se dio cuenta de que su presencia solo empeoraría la situación, así que recostó sus doloridos hombros sobre una de las paredes y permaneció expectante observando la escena.
Leo intentaba huir sin éxito mientras la muchacha que pese a su físico lo sujetaba con muchísima fuerza.
-¡Suéltame!- Le gritaba a la joven
Ella hizo caso omiso de su comentario y empezó a intentar besar su cuello, Leo la asió con fuerza de su larga cabellera rubia y la alejó.
La joven lo miró con una sonrisa picara después empezó a restregar su cuerpecito con el de Leo (pues no debía medir mas de metro y medio y su cuerpo parecía un palillo).
-Vamos Leo- Le dijo con una sonrisa picara- No me digas que no tienes ganas de probar esto- Se restregó con una mano todo su cuerpo con clara intención de tentarlo, pero como era de esperarse no funcionó, Leo la observó con una mezcla de asco e indignación.
-Me das pena Lidia- Le dijo con desdén dandole la espalda empezó a caminar como una señal silenciosa, Emma se le unió a paso remolcando la mochila por el suelo.
-¿Estas bien?- Le dijo con gesto preocupado posando una mano sobre su hombro, Leo no respondió simplemente siguió caminando.
-No te preocupes- Paró y le dedicó la más amplia de las sonrisas- Estoy bien, sabes que hace falta mucho más que eso para derrumbarme.
Esas eran sus palabras y tenía mejor aspecto, no obstante Emma sabía que ese encuentro le había costado el buen humor de la mañana.
Continuaron caminando hasta llegar a la escalera que ascendía hacia el piso de arriba.
-Bueno, yo voy hacia arriba- Situó un pie en el primer peldaño con cuidado de no tropezar con nada subió el segundo se volteó enfadada- ¡Leo! ¡Quieres hacer el favor de cambiar esa cara de amargado! ¡Esa tonta no se merece que te preocupes por ella!
La la observó desconcertado.
-Gracias- Susurro casi inaudiblemente- Gracias, la verdad…-Rompió a reír- La verdad es que se te da bastante bien esto de dar ánimos- Ambos se sonrieron- Animo a ti también.
Emma sonrió, las pocas veces que sonreía solo era por su culpa.
El segundo timbre para rezagados rasgó el aire.
-Debemos irnos, llegar tarde no está bien visto-Leo sonrió y se escabulló escaleras abajo- ¡Nos vemos en el descanso!
-Si, tienes razón- La sola idea de tener que encontrarse con sus compañeros deshacía todo el buen humor que Leo había conseguido despertar en ella, por suerte aún quedaban las charlas medianamente civilizadas con el profesor, sonrió recordando el fuerte perfume a anís que emanaba su chaqueta. Tenía un mal presentimiento, un nudo oprimía su estomago y una sensación amarga llenaba su boca, el aire empezó a impregnarse de una fragancia a manzana podrida.
Se colgó la mochila en un hombro y empezó a subir las escaleras viendo pasar la gente a su lado, haciendo su vida, porque se sentían parte de ella, sin embargo Emma jamás tubo esa sensación; en menos de un minuto ya no quedaba gente en el corredor así que reanudo una lenta carrera hacia el último modulo del pasillo.
Empujó las pesadas cancelas de metal y se dirigió hacia la última puerta, recostada en la salida de emergencia se encontraba Merche, era evidente que algo sucedía, sus manos temblaban mientras intentaba liar un cigarrillo.
-Buenos días…- Dijo temerosa
Sin prestar atención la muchacha continuó sumergida en su trabajo mientras el mal presentimiento de crecía apoderándose de toda su mente, el olor a manzana pasada iba aumentando cada vez más.
Nadie se percato de su entrada, casi era como un fantasma, los demás alumnos se habían agrupado ya en las mesas al fondo del aula dejando casi desiertas las primeras filas, siempre pasaba lo mismo, ocupó el sitio junto a la ventana, estaba claro que esa aula era el foco del hedor, tuvo que inclinarse para respirar un poco de aire fresco, el típico murmullo incesante reinaba en el aula, empezó a extraer los libros de lengua para cuando llegara el profesor.
No se había percatado antes de su presencia, un extraño personaje ocupaba el sillón de su tutor, de allí provenía el extraño olor a manzana pasada.
Era curioso que nadie se hubiera alarmado, desde el sillón miraba fijamente a Emma como si pretendiera analizarla, sus ojos parecían piedras opacas, apenas podía distinguirse la pupila, lucía una impecable sonrisa y se ataviaba con un traje muy elegante que claramente sobrepasaba las posibilidades de un profesor de secundaria.
La muchacha quedó cautivada por la belleza de esos ojos, no le dio tiempo a parpadear cuando aquel personaje se alzó y posándose cuidadosamente delante de ella ,susurró -Hola Anabeth…-Esbozó una terrorífica sonrisa, dejando ver sus afilados caninos por los que resbalaban gotas de espuma. -Ha pasado mucho tiempo…
El hedor empezó a hacerse más fuerte a medida que se acercaba hasta el punto de marearla.
Prólogo
Oscuridad
El sonido estridente de un chirrido metálico inundó la habitación, el pequeño reloj de madera de roble empezó a vibrar intensamente -Ya es medianoche…- Pensó Emma Havell, mientras miraba al techo pensativa.
Estaba terriblemente cansada, levantó una mano y la colocó en su pómulo derecho, justo debajo del ojo, mientras suavemente la movía de un lado a otro, intentando imaginarse la profundidad de las ojeras que un día tras otro habían ido aumentando considerablemente. Aun así el esfuerzo no había sido en vano, ya se podía imaginar la expresión del viejo profesor de lengua, siempre había admirado a aquel curioso hombre, a pesar de ser un viejo decrepito mal vestido jamás se había topado con un profesor similar que supiera comprender las interminables divagaciones de una mente adolescente;
Se dirigió hacia la mesa colocada al lado de la estantería de madera.
Su padre era el dueño de una fábrica de muebles, aunque los muebles que se fabricaban allí eran de materiales prefabricados. Su pasión siempre habían sido los de madera natural, obsesionado con el roble.
La bombilla del flexo empezó a parpadear y repentinamente se apagó. Tuvo que andar a oscuras y palpar a tientas por aquel liso tablón, hasta encontrar una hoja aparentemente escrita, con sumo cuidado cuando la cogió y la introdujo en una carpeta azul celeste.
Con paso decidido y bostezado se dirigió hacía la puerta, no quería demorarse más. La oscuridad de una habitación le producía extrañas sensaciones se sentía aprisionada entre esas cuatro paredes.
Apartó un mechón negro de su cabello y abandonó la habitación. Al entrar en contacto con el frío suelo, sus pies descalzos se estremecieron, por eso ignoró las distracciones y subió lentamente cada peldaño de la escalera; necesitaba pensar antes de meterse en la cama. Al llegar a su habitación depositó la carpeta encima de la mesita y se dejo caer. A la mayoría de gente le gustaba soñar, era una forma de descansar, a la mayoría de gente… Emma jamás se encontraba entre la mayoría de gente. Se levantó ansiosa y fue hacia el balcón, de noche ese sitio le producía terror, pero esta era una ocasión especial. A su lado había un gran armario cuyos cajones estaban a rebosar de ropa y encima perfectamente plegada una mana color verde pardo. Su madre creía en la perfección, tanto que algunas veces la obligaba a ser perfecta o a parecerlo al menos; eso la sacaba de quicio.
-Solo tres años más… Con letras de neón esa frase resplandecía en su cabeza. Respiró profundamente y abrió la puerta.
Aspiró el embriagador perfume de la noche y sintió como su corazón se alegró de estar allí si que nadie la viera o la reprendiera, aún a sabiendas de que esa libertad era efímera, se alegró de estar sola. Alzó su cabeza hacia el gran manto de estrellas y esbozó una sonrisa que fugazmente desapareció cuando una gran agrupación de nubarrones negros, se cernieron sobre los indefensos astros. Sentía que no podía seguir allí, millones de ojos inyectados en sangre la observaba, esperando el momento adecuado para atacar y llevar a cabo su terrible misión.
Volvió sobre sus pasos y regresó hacía la puerta del balcón, se giró al oír un ruido extraño y vio a un gato negro posado sobre uno de los pilares de hierro de la verja; sus ojos se encontraron y ella no pudo evitar quedarse pasmada ante la magnificencia de aquel animal, una sensación de incomodidad la atosigaba. Volvió a entrar en la habitación, aun no podía conciliar el sueño, a sus espaldas el gato esbozó una aterradora sonrisa y desapareció en las tinieblas de la noche. Se metió en la cama y escogió uno de sus libros de cabecera, mientras intentaba sumergirse en un mundo que no era el suyo.
Un profundo sopor se adueñaba de su subconsciente y finalmente se enterró entre las sábanas, últimamente lo único que recordaba de sus sueños era un nombre… bastante extraño y aparentemente extranjero, una persecución, un robo y una mujer llorando aunque nunca alcanzaba a ver el sueño con total precisión no le había dado mucha importancia.
El sonido estridente de un chirrido metálico inundó la habitación, el pequeño reloj de madera de roble empezó a vibrar intensamente -Ya es medianoche…- Pensó Emma Havell, mientras miraba al techo pensativa.
Estaba terriblemente cansada, levantó una mano y la colocó en su pómulo derecho, justo debajo del ojo, mientras suavemente la movía de un lado a otro, intentando imaginarse la profundidad de las ojeras que un día tras otro habían ido aumentando considerablemente. Aun así el esfuerzo no había sido en vano, ya se podía imaginar la expresión del viejo profesor de lengua, siempre había admirado a aquel curioso hombre, a pesar de ser un viejo decrepito mal vestido jamás se había topado con un profesor similar que supiera comprender las interminables divagaciones de una mente adolescente;
Se dirigió hacia la mesa colocada al lado de la estantería de madera.
Su padre era el dueño de una fábrica de muebles, aunque los muebles que se fabricaban allí eran de materiales prefabricados. Su pasión siempre habían sido los de madera natural, obsesionado con el roble.
La bombilla del flexo empezó a parpadear y repentinamente se apagó. Tuvo que andar a oscuras y palpar a tientas por aquel liso tablón, hasta encontrar una hoja aparentemente escrita, con sumo cuidado cuando la cogió y la introdujo en una carpeta azul celeste.
Con paso decidido y bostezado se dirigió hacía la puerta, no quería demorarse más. La oscuridad de una habitación le producía extrañas sensaciones se sentía aprisionada entre esas cuatro paredes.
Apartó un mechón negro de su cabello y abandonó la habitación. Al entrar en contacto con el frío suelo, sus pies descalzos se estremecieron, por eso ignoró las distracciones y subió lentamente cada peldaño de la escalera; necesitaba pensar antes de meterse en la cama. Al llegar a su habitación depositó la carpeta encima de la mesita y se dejo caer. A la mayoría de gente le gustaba soñar, era una forma de descansar, a la mayoría de gente… Emma jamás se encontraba entre la mayoría de gente. Se levantó ansiosa y fue hacia el balcón, de noche ese sitio le producía terror, pero esta era una ocasión especial. A su lado había un gran armario cuyos cajones estaban a rebosar de ropa y encima perfectamente plegada una mana color verde pardo. Su madre creía en la perfección, tanto que algunas veces la obligaba a ser perfecta o a parecerlo al menos; eso la sacaba de quicio.
-Solo tres años más… Con letras de neón esa frase resplandecía en su cabeza. Respiró profundamente y abrió la puerta.
Aspiró el embriagador perfume de la noche y sintió como su corazón se alegró de estar allí si que nadie la viera o la reprendiera, aún a sabiendas de que esa libertad era efímera, se alegró de estar sola. Alzó su cabeza hacia el gran manto de estrellas y esbozó una sonrisa que fugazmente desapareció cuando una gran agrupación de nubarrones negros, se cernieron sobre los indefensos astros. Sentía que no podía seguir allí, millones de ojos inyectados en sangre la observaba, esperando el momento adecuado para atacar y llevar a cabo su terrible misión.
Volvió sobre sus pasos y regresó hacía la puerta del balcón, se giró al oír un ruido extraño y vio a un gato negro posado sobre uno de los pilares de hierro de la verja; sus ojos se encontraron y ella no pudo evitar quedarse pasmada ante la magnificencia de aquel animal, una sensación de incomodidad la atosigaba. Volvió a entrar en la habitación, aun no podía conciliar el sueño, a sus espaldas el gato esbozó una aterradora sonrisa y desapareció en las tinieblas de la noche. Se metió en la cama y escogió uno de sus libros de cabecera, mientras intentaba sumergirse en un mundo que no era el suyo.
Un profundo sopor se adueñaba de su subconsciente y finalmente se enterró entre las sábanas, últimamente lo único que recordaba de sus sueños era un nombre… bastante extraño y aparentemente extranjero, una persecución, un robo y una mujer llorando aunque nunca alcanzaba a ver el sueño con total precisión no le había dado mucha importancia.
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